Saturday May 25, 2019
5:18 pm

La fe católica es una 'aventura gozosa' que lleva toda una vida para absorber

      El tercer ámbito de la misión de la Iglesia que se analiza en mi carta pastoral es el discipulado/formación. Este componente clave de la vida eclesial  expresa la esencia de la Gran Comisión de Jesús dado antes de su ascensión al cielo. "¡Vayan hagan discípulos de todas las naciones!".  

      Como hijos amados de Dios, bautizados en el misterio de Cristo y de su Iglesia, cada uno de nosotros está llamado a crecer como un discípulo del Señor, arraigado en la oración, alimentado en los sacramentos, inmerso en las Escrituras, activo en nuestra comunidad de fe, sirviendo a los pobres y los marginados, y en todo eso, formando otros discípulos.  

     Los discípulos hacen otros discípulos. Eso es lo que hacemos porque no podemos mantener la Buena Noticia de Jesucristo crucificado y resucitado para nosotros.

      Como sabemos con todo, el discipulado no sucede automáticamente. No podemos simplemente poner personas en un banco de la iglesia, dándoles los sacramentos, haciendo que hagan un proyecto de servicio o dos,  deshacerse de ellos en la educación religiosa y suponer que desarrollarán una relación profunda con Cristo y con la Iglesia. Esta formación en el discipulado requiere una comunidad completamente acoplada: los padres y las familias que practican su fe, de experiencias de alta calidad de formación religiosa  que forman la cabeza y el corazón, y los profesores y catequistas que son discípulos cristianos serios ellos mismos.  

      En otras palabras, necesitamos construir una cultura católica, en la que nuestros jóvenes caen en amor con Dios, desarrollan una profunda vida espiritual, comprenden y articulan su fe y ocupan el lugar que les corresponde en el Cuerpo místico de Cristo.

      El mayor desafío a la formación de jóvenes católicos es formar a sus padres. Es evidente que si el padre y la madre, practican  la fe, participan en la celebración de los sacramentos y de la parroquia y construyen su matrimonio y su familia en torno a Jesucristo, sus hijos tienen mayor oportunidad de abrazar y vivir la fe por sí mismos. Aplaudo a los muchos padres que viven su fe heroicamente, tratando de transmitirla a sus hijos y sacrificando mucho para darles una sólida formación católica. Son los corazones generosos que mantienen a la Iglesia viva.  

      Sabemos también que algunos padres envían a sus hijos a las escuelas católicas y los programas de educación religiosa, pero no van a misa, saben poco acerca de la fe y nunca hablan de Dios en casa. Con demasiada frecuencia, nuestros niños reciben el mensaje contradictorio que la Iglesia y la fe son supuestamente importantes, pero en la realidad de la vida diaria, no tan significativo como los deportes, el ocio, el durmir en los domingos o cualquier   cosa. Necesitamos llegar eficazmente en forma creativa a aquellos padres que todavía no están acoplados.

      Otra necesidad consistente para la Iglesia Católica es la formación de maestros y catequistas. Si queremos formar a nuestros jóvenes como los discípulos cristianos, completamente vivos en el Señor, entonces quienes tienen el privilegio de servir como mentores de su fe católica deben ser discípulos ellos mismos. Estoy profundamente agradecido por los notables siervos que sirven generosamente en nuestras escuelas y programas de formación, enseñando sobre el amor y el misterio de Dios, la centralidad de Cristo y la bondad, la verdad y la belleza de nuestra fe. ¡Es una noble y difícil tarea!  

      A través del estudio en curso, de oración y de formación, nuestros profesores y catequistas necesitan crecer en su propio discipulado si aspiran a transmitir la fe a sus alumnos. Un mentor Católico que no participa fielmente en la Eucaristía, la reconciliación, la oración cotidiana y la vida de la Iglesia en general sólo será una débil trompeta.

      Antes del Concilio Vaticano II, la mayoría de los jóvenes católicos memorizaban el Catecismo de Baltimore y eran capaces de dar respuestas a preguntas básicas acerca de la fe. Hubo poca atención a la espiritualidad, la oración y la necesidad de desarrollar una relación amorosa con Jesucristo. Formación fue mas sobre la cabeza en vez del corazón.  

      En los años después del Concilio, el péndulo giró de otra manera. El contenido pasó a ser menos importante que la experiencia. Recuerdo que hice un montón de collages y pancartas en la escuela primaria. El enfoque fue mucho más en el amor que en lo que era  verdad. Hoy, estamos tratando de encontrar el equilibrio adecuado de formación en la fe, sabiendo que afecta todos los aspectos de nuestras vidas, que necesitamos tanto el contenido como el contexto, que la vida y la relación de amor con Dios es clave, pero también queremos que nuestros jóvenes conozcan los fundamentos de su fe. Queremos más conocimiento de las Escrituras y de los santos. Queremos ayudar a nuestros jóvenes a la experiencia de Dios y de actuar en su experiencia de la vida del Evangelio.

      Estas reflexiones conducen a un punto muy central - la importancia de la formación de los adultos. Nuestros jóvenes detectarán la fe si nos ven a nosotros los adultos participar plenamente y vivos en la belleza de la Iglesia; si tomamos en serio nuestro discipulado; si la Misa, la oración y el servicio en la comunidad están verdaderamente en el centro de nuestras vidas.  

      Cuando yo era párroco, siempre fui apasionado acerca de la formación de los adultos, ofreciendo series sobre las Escrituras, la oración, los sacramentos, los santos, la doctrina social de la Iglesia y de la historia. Nuestra fe católica es tan rica y profunda, verdadera y bella, de modo que ¡sólo Dios podría haber creado todo! Nunca podremos comprender todo en nuestra vida, pero¡que aventura tan gozosa de beber todo lo que podemos! 

 

+ Donald J. Hying

 

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ver Obispo Hying's video sobre el discipulado y la formación en dcgary.org/synod.htm.

 

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